16
Sep
Una línea recta de apenas unos metros de ancho en el mar, en medio del puerto, traza una especie de frontera imaginaria entre las dos realidades de Lampedusa. A un lado, hay una hilera embarcaciones de recreo, con los cascos blancos brillantes e impolutos. En algunas se escucha música alegre y entran y salen sin parar turistas en bañador con copas en la mano. Al otro, se hacina una pila de barcazas vacías, algunas de metal oxidadas y otras de madera, todas estropeadas y castigadas por el agua. En este lado destacan las sirenas de las ambulancias y se percibe…
